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PREMIO PRINCIPE DE ASTURIAS DE LA CONCORDIA 1998

23.06.2020

¿POR QUÉ EXISTE EL MAL, EL CORONAVIRUS, EL HOLOCAUSTO, SI TODO DEPENDE DE UN DIOS BUENO, TODOAMOROSO Y TODOPODEROSO?

Estamos ante el problema de mayor envergadura y el enigma mayor de la vida, junto con la muerte ¿Por qué existe el mal? ¿Puede ser Dios el causante del mal, si Él es El eternamente bueno, amoroso y poderoso?

¿Qué lectura podemos hacer del coronavirus desde el ser humano,  desde el horizonte existencial e histórico y des de la visión de la fe? ¿Y Dios qué tiene que ver con este affaire del COVID 19? A los que preguntan ¿Dónde está Dios? El teólogo José Ignacio González Faus, les responde con otra pregunta: ¿Dónde estaba Dios en el calvario cuando Jesús decía: “¿Dios mío, por qué me has abandonado?”. Y otro jesuita afirma: “Un dios que permitiese la pandemia como castigo o que la frenase milagrosamente como salvación, sería un dios con minúsculas, a nuestra medida, sería un dios pensado como si fuese un individuo como nosotros” (Juan Masía).

Los amigos fuertes de Dios, siempre se han ocupado de curar y remediar las pestes. La figura emblemática en la tradición cristiana, es la de San Roque, que se dedicaba a cuidar de los infectados de la peste, sanándoles, haciéndoles la señal de la Cruz, según la tradición.

¿Es verdad que Dios interviene? El Dios de Jesús “es clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (Sal. 144). E insiste el salmista: “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Ya en el Antiguo Testamento, se decía “Si grita a mí, yo le escucharé, porque yo soy compasivo” (Ex. 22, 20).

Hablando del mal, hoy del coronavirus, me parece importante clarificar que Dios no gobierna, ni interviene directamente en la historia. Podemos decir que Dios gobierna y se hace presente a través de las posibilidades y libertades que ha puesto en las personas. Siempre respeta las libertades, las condiciones y dotación de cada persona. Y aquí tiene mucho que ver la responsabilidad, la solidaridad, la caridad, la ética, la honestidad de todos y de los gobernantes.

Toda la Biblia enseña que Dios no es la causa del mal, al contrario, es su enemigo. Y también nos enseña que la fuente del mal y del dolor está en la libertad que corrompe su bondad. La Palabra de Dios nos revela que el pecado es el peor mal del mundo, el que hace más daño.

Pero hay cotas de dolor y sufrimiento que no tienen que ver con el pecado, sino que proceden del crecimiento del mundo en su carácter evolutivo. Al menos de esta parte, el mal, que no depende del pecado ¿No sería responsable Dios? Si Dios lo tiene todo en su mano, hasta el mal que procede del pecado, se le podría inculpar.

Sigamos con la luz de la revelación divina. Podemos afirmar que “el todo” viene de Dios, pero esto no quiere decir que podamos atribuir a su actividad cada acontecimiento. Las personas y las cosas, tienen su propia autonomía, su actividad propia, andan su propio camino. Y este puede ser torcido que se aparte de “el todo”, dejan de ser ellos mismos y en vez de hacer lo que les hace buenos en el todo, eligen otros derroteros, que precisamente no son los de Dios. El mal, el dolor, una catástrofe, van contra “el todo” y por tanto también contra el designio de Dios. En ellos nos encontramos con lo que no es Dios.

Ciertamente es muy complicado hablar del mal, por ser una realidad que no es la del bien. El mal no puede existir por sí mismo. El mal está siempre mezclado con el bien, es siempre corrupción de algo bueno.

También sabemos por la fe que no podemos atribuir el mal a Dios y que Dios saca bien del mal. En medio del dolor, sabemos que no cae un gorrión al suelo, sin que lo sepa el Padre del cielo. Lo bueno de la fe es que todo está en manos de Dios. Ciertamente desde la realidad total, todavía hay sitio para el mal. Este no tiene que ver con lo mejor que tenemos. El absolutamente bueno, es enemigo de todo dolor y de todo mal, en cambio, cuando el hombre está en armonía con el “todo”, con el universo, con los designios de Dios, reconocemos a Dios y le damos gracias por ser, “el amigo de la vida” (Sab. 11, 26).

¿De dónde viene el mal, si Dios es bueno? La respuesta al problema del mal, nos lleva a Dios, a su luz verdadera. Jesús en su lucha contra el mal y la muerte, nos revela lo inefable, lo más íntimo de su misterio.

El poder de Dios, se revela al máximo en la impotencia de Jesús, que muere por nosotros y así vence la muerte. “Le trataron como a un leproso” (Is. 53, 4). La santidad y bondad de Dios se manifiesta en Cristo, que trata con publicanos, pecadores y prostitutas…

La verdad de Dios no es un frio saber, sino un sentir y consentir inspirados por el amor. Y la inmensidad de Dios no aparece lo grandioso del universo, sino conviviendo con nosotros en el dolor y en la alegría. La verdadera revelación de Dios se nos muestra llena de amor, cálida y humanamente. Cuanto más ampliamente y a fondo indagamos el misterio de Dios, más nos lleva a la vida cotidiana, la del diario quehacer, en la que Él está presente en medio de nuestra sencilla alegría y sencillo sufrir.

Una cosa queda clara del mensaje de la escritura, nos enseña claramente la distinción entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y al mismo tiempo, su divina unidad, que nos lleva a confesar un solo Dios en tres personas. Este misterio lo vivimos también en el misterio del mal del coronavirus, del holocausto.

Ante una tremenda calamidad como el coronavirus o ante un tsunami, el creyente no puede menos de preguntarse: ¿Si Dios es poderoso, todo amoroso y bueno, por qué no lo evita? Si no lo evita, si no es bueno, todopoderoso y todo amoroso. Esta contradicción, representa una llaga abierta, dice Leonardo Boff. La teodicea que trata de exhibir con sus argumentos a Dios de las grandes desgracias del mundo y explicar el sufrimiento, no convence del todo. Podemos entender el discurso desgarrador de Job.

Los teólogos, afirman que ante estas situaciones aterradoras, caben tres posturas:

  • Una rebeldía: Dios no existe, no puede ser tan cruel.
  • Una postura de resignación. Buscar el equilibrio y aprender a vivir sin una esperanza final. Esta actitud noble, modifica la persona, pero no suprime el mal.
  • Esperar a pesar de todo. No queda otra que aceptar el mal como un misterio difícil de explicar. Ciertamente, no puede ser comprendido, solo puede ser combatido. Aquí está la clave de todo. Solo le puede dar sentido no una teoría, sino una práctica y lucha contra él. De ahí nace la esperanza de que en todo, debe haber un sentido más allá de la razón. Un ejemplo que lo manifiesta es la solidaridad del mundo entero con las víctimas. La solidaridad no elimina el sufrimiento, pero lo alivia e impide que caigamos en la desesperanza, en la soledad. Formamos la comunidad de los sufrientes, que sabemos que no es ajena a nuestro dolor. Y podemos gritar como Jesús: Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado? La pasión de Dios en la pasión del mundo, nos lleva a creer que la esperanza tiene más futuro que la brutalidad de las expresiones del mal del coronavirus, del holocausto.

El Señor prometió que “no habrá más llanto, ni luto, ni muerte, ni dolor, porque todo se habrá pasado”. Y mientras tanto, el misterio continúa siendo misterio.